El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Cuando entró el criado, lo miró fijamente, preguntándose si se le habría ocurrido curiosear detrás del biombo. Absolutamente impasible, Víctor esperaba sus órdenes. Dorian encendió un cigarrillo y se acercó al espejo. En él vio reflejado con toda claridad el rostro del ayuda de cámara, máscara perfecta de servilismo. No había nada que temer por aquel lado. Pero enseguida pensó que más le valía estar en guardia.
Con voz reposada, le encargó decirle al ama de llaves que quería verla, y que después fuese a la tienda del marquista y le pidiese que enviara a dos de sus hombres al instante. Le pareció que mientras salía de la habitación, la mirada de Víctor se desviaba hacia el biombo. ¿O era imaginación suya?
Al cabo de un momento, con su vestido negro de seda, y mitones de hilo a la vieja usanza cubriéndole las manos, la señora Leaf entró, apresurada, en la biblioteca. Dorian le pidió la llave del aula.
—¿La antigua aula, señor Dorian? —exclamó el ama de llaves—. ¡Pero si está llena de polvo! Tengo que limpiar y poner orden antes de dejarle entrar. No se la puede ver tal como está, no señor.
—No quiero que ponga usted orden, Leaf. Sólo quiero la llave.
