El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Dorian retiró del sofá la gran tela morada y oro que lo cubrÃa y, con ella en las manos, pasó detrás del biombo. ¿Se habÃa degradado aún más el rostro del lienzo? Le pareció que no habÃa cambiado; la repugnancia que le inspiraba, sin embargo, iba en aumento. Cabellos de oro, ojos azules, labios encendidos: todo estaba allÃ. Tan sólo la expresión era distinta. Le asustó su crueldad. Comparado con lo que él descubrÃa allà de censura y de condena, ¡cuán superficiales los reproches de Basil acerca de Sibyl Vane! Superficiales y anodinos. Su alma misma lo miraba desde el lienzo llamándolo a juicio. Dolorosamente afectado, Dorian arrojó la lujosa mortaja sobre el cuadro. Mientras lo hacÃa, llamaron a la puerta. Salió de detrás del biombo cuando entraba el criado.
—Señor, han llegado esas personas.
Dorian sintió que tenÃa que deshacerse de VÃctor lo antes posible. No debÃa saber adónde se llevaba el cuadro. HabÃa algo malicioso en él, y en sus ojos brillaba el cálculo y la traición. Sentándose en el escritorio, redactó velozmente una nota para lord Henry, pidiéndole que le mandara alguna lectura y recordándole que habÃan quedado en verse a las ocho y cuarto.
—Espere la respuesta —le dijo al ayuda de cámara al tenderle la misiva—, y haga pasar aquà a esos hombres.