El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Dorian leía una y otra vez tan fantástico capítulo, y los dos siguientes, que presentaban, como lo hacen ciertos tapices singulares o ciertos esmaltes extraños hábilmente trabajados, las formas estremecedoras y espléndidas de aquellos a quienes el Vicio y la Sangre y el Tedio convirtieron en monstruos o en locos: Filippo, duque de Milán, que asesinó a su esposa y le pintó los labios con un veneno escarlata para que su amante sorbiera la destrucción de la criatura muerta que acariciaba; Pietro Barbi, el veneciano, conocido con el nombre de Paulo II[10], quien, en su vanidad, quiso reclamar el título de Fermosus, y cuya tiara, valorada en doscientos mil florines, se compró al precio de un pecado abominable; Gian Maria Visconti, que utilizaba sabuesos para cazar hombres, y cuyo cuerpo, al morir asesinado, cubrió de rosas una hetaira que lo había amado; el Borgia sobre su corcel blanco, y el Fratricida cabalgando a su lado, con el manto manchado por la sangre de Perotto; Pietro Riario, el joven cardenal arzobispo de Florencia, hijo y favorito de Sixto IV, de belleza sólo igualada por su libertinaje, que recibió a Leonor de Aragón en un pabellón de seda blanca y carmesí, lleno de ninfas y de centauros, y que recubrió a un jovencito de panes de oro para que hiciera las veces, con motivo de la fiesta, de Ganímedes o de Hilas; Ezzelino[11], cuya melancolía sólo se curaba con el espectáculo de la muerte y que sentía pasión por la sangre, como otros hombres la tienen por el vino tinto; hijo del Maligno, se decía, que había hecho trampas a su infernal padre cuando se jugaba el alma a los dados; Giambattista Cibo, que, por burla, tomó el nombre de Inocente[12], y en cuyas venas aletargadas un doctor judío inyectó la sangre de tres jóvenes; Segismundo Malatesta, el amante de Isotta y señor de Rímini, cuya efigie fue quemada en Roma como enemigo de Dios y de los hombres, que estranguló a Polyssena con una servilleta, dio a Ginebra d’Este veneno en una copa de esmeralda y, queriendo honrar una pasión vergonzosa, construyó una iglesia pagana para el culto cristiano; Carlos VI, tan terriblemente enamorado de la esposa de su hermano que un leproso le advirtió de la locura que se le avecinaba y que, cuando su cerebro enfermó y empezó a desvariar, sólo era posible calmarlo con naipes sarracenos, ilustrados con imágenes del Amor, de la Muerte y de la Locura; y, con su elegante jubón, gorro enjoyado y rizos como hojas de acanto, Grifonetto Baglioni, que dio muerte a Astorre junto con su prometida, y Simonetto con su paje, cuyo atractivo era tal que, mientras agonizaba, tendido en la plaza amarilla de Perusa, quienes lo habían odiado se sintieron conmovidos hasta las lágrimas, y a quien Atalanta, que lo había maldecido, lo bendijo.