El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Hallward miró a su alrededor, desconcertado. Se dirÃa que aquella habitación llevaba años sin usarse. Un descolorido tapiz flamenco, un cuadro detrás de una cortina, un antiguo cassone italiano, y una librerÃa casi vacÃa era todo lo que parecÃa encerrar, además de una silla y una mesa. Mientras Dorian Gray encendÃa una vela medio consumida que descansaba sobre la repisa de la chimenea, Basil advirtió que todo estaba cubierto de polvo y que la alfombra tenÃa muchos agujeros. Un ratón corrió a esconderse tras el revestimiento de madera. La habitación entera olÃa a moho y a humedad.
—De manera que, según tú, sólo Dios ve el alma, ¿no es eso? Descorre la cortina y verás la mÃa.
La voz que hablaba era frÃa y cruel.
—Estás loco, Dorian, o representas un papel —murmuró Hallward, frunciendo el ceño.
—¿No te atreves? En ese caso lo haré yo —dijo el joven, arrancando la cortina de la barra que la sostenÃa y arrojándola al suelo.