El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Siento haber tenido que despertarle, Francis —dijo Dorian Gray, entrando en la casa—, pero me olvidé de las llaves. ¿Qué hora es?
—Las dos y diez —respondió el criado, mirando el reloj y parpadeando.
—¿Las dos y diez? ¡Horriblemente tarde! Despiérteme mañana a las nueve. Tengo que hacer un trabajo urgente.
—SÃ, señor.
—¿Ha venido alguna visita esta tarde?
—El señor Hallward. Estuvo aquà hasta las once, y luego se marchó para tomar el tren.
—¡Ah! Siento no haberlo visto. ¿Dejó algún mensaje?
—No, señor, excepto que le escribirÃa desde ParÃs, si no lo encontraba en el club.
—Nada más, Francis. No se olvide de llamarme mañana a las nueve.
—SÃ, señor.
El criado se alejó por el corredor, arrastrando ligeramente las zapatillas.
Dorian Gray arrojó sombrero y abrigo sobre la mesa y entró en la biblioteca. Durante un cuarto de hora estuvo paseando, mordiéndose los labios y pensando. Luego tomó un anuario de una de las estanterÃas y empezó a pasar páginas. «Alan Campbell, 152 Hertford Street, Mayfair». SÃ; era el hombre que necesitaba.