El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Poco a poco, los acontecimientos de la noche anterior penetraron en su cerebro, avanzando a pasos furtivos con los pies manchados de sangre, hasta recobrar su forma con terrible claridad. En su rostro apareció una mueca de dolor al recordar todo lo que habÃa sufrido y, por un momento, volvió a apoderarse de él, llenándolo de una cólera glacial, el extraño sentimiento de odio que le habÃa obligado a matar a Basil Hallward. El muerto seguÃa sin duda sentado en la silla, iluminado ahora por el sol. ¡Qué horrible imagen! Cosas tan espantosas como aquélla eran para la oscuridad de la noche, no para la luz del dÃa.
Sintió que si meditaba sobre lo que le habÃa sucedido se exponÃa a enfermar o a volverse loco. HabÃa pecados cuya fascinación residÃa más en la memoria que en su misma realización; extraños triunfos más gratificantes para el orgullo que para las pasiones, y que daban a la inteligencia un sentimiento de alegrÃa más vivo, superior al gozo que procuran o podrÃan jamás procurar a los sentidos. Pero este último no pertenecÃa a esa categorÃa. Se trataba de algo que era necesario expulsar de la mente, adormecerlo con opio, estrangularlo antes de que pudiera estrangularlo a uno.