El Retrato de Dorian Gray

El Retrato de Dorian Gray

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—No lo tomes a mal, Harry. Estoy nervioso y de mal humor. Iré mañana o pasado mañana a verte. Presenta mis excusas a lady Narborough. No voy a subir a reunirme con las señoras. Tengo que ir a casa. Debo ir a casa.

—Muy bien. Espero verte mañana a la hora del té. Vendrá la duquesa.

—Procuraré estar allí —dijo Dorian Gray, abandonando la habitación. Mientras regresaba a su casa se dio cuenta de que el sentimiento de terror que creía haber sofocado volvía a hacer acto de presencia. Las preguntas intrascendentes de lord Henry le habían hecho perder la calma unos instantes, y debía conservarla a toda costa. Había que destruir objetos peligrosos. Su rostro se crispó. Aborrecía hasta la idea de tocarlos.

Pero había que hacerlo. Lo comprendía perfectamente y, después de cerrar con llave la puerta de la biblioteca, abrió el armario secreto en cuyo interior arrojara el abrigo y el maletín de Basil. En la chimenea ardía un fuego muy vivo. Añadió un tronco más. El olor de la ropa y del cuero al quemarse era horrible. Fueron necesarios tres cuartos de hora para que todo se consumiera. Al acabar se sentía débil y mareado y, después de quemar algunas pastillas argelinas en un pebetero de cobre, se mojó las manos y la frente con vinagre aromatizado al almizcle.


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