El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Vaciló unos momentos, con una extraña sonrisa inmóvil en el rostro. Luego, tiritando, aunque en la biblioteca hacía muchísimo calor, se irguió y miró el reloj. Faltaban veinte minutos para las doce. Devolvió la cajita china al bargueño, cerró la puerta y pasó a su dormitorio.
Cuando la medianoche desgranaba doce golpes de bronce en la oscuridad, Dorian Gray, vestido con ropa nada llamativa y una bufanda enrollada al cuello, salió sigilosamente de su casa. En Bond Street encontró un coche de punto con un buen caballo. Lo llamó, pero al dar en voz baja una dirección, el cochero movió la cabeza.
—Es demasiado lejos para mí —murmuró.
—Aquí tiene un soberano —le dijo Dorian Gray—. Le daré otro si va deprisa.
—De acuerdo, señor —respondió el cochero—; estaremos allí dentro de una hora —y después de que su pasajero subiera al vehículo, hizo dar la vuelta al caballo y se dirigió rápidamente hacia el río.