El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —Nuestro anfitrión no está hoy demasiado amable —respondió la duquesa, ruborizándose—. En mi opinión, cree que Monmouth se casó conmigo por razones puramente cientÃficas, por ser el mejor ejemplar disponible de la mariposa moderna.
—Espero que no la retenga clavándole alfileres, duquesa —rió Dorian.
—Eso ya lo hace mi doncella, señor Gray, cuando está enfadada conmigo.
—Y, ¿qué motivos tiene para enfadarse con usted, duquesa?
—Las cosas más triviales, señor Gray, se lo aseguro. De ordinario me presento a las nueve menos diez y le digo que debo estar vestida para las ocho y media.
—¡Qué poco razonable por su parte! DeberÃa usted despedirla.
—No me atrevo, señor Gray. Inventa sombreros para mÃ, sin ir más lejos. ¿Recuerda el que me puse para la fiesta al aire libre de lady Hilstone? Claro que no, pero es usted muy amable fingiendo lo contrario. Bien: me lo hizo ella de nada. Todos los buenos sombreros están hechos de nada.
—Como todas las buenas reputaciones, Gladys —le interrumpió lord Henry—. Cada efecto que uno produce le crea un enemigo. Para conseguir la popularidad hay que ser mediocre.