El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray Pero si sólo había sido una ilusión, ¡qué terrible pensar que la conciencia pudiera engendrar fantasmas tan temerosos, dándoles forma visible, haciendo que se movieran como seres reales! ¿Qué clase de vida sería la suya si, de día y de noche, sombras de su crimen le observaban desde rincones silenciosos, se burlaban de él desde lugares secretos, le susurraban al oído en medio de un banquete, lo despertaban con dedos helados mientras dormía? Al presentársele aquella idea en el cerebro, palideció de terror y tuvo la impresión de que el aire se había enfriado de repente. ¡En qué espantosa hora de locura había asesinado a su amigo! ¡Qué atroz el simple recuerdo de la escena! Volvía a verlo todo. Cada odioso detalle se le aparecía con renovado horror. De la negra caverna del tiempo, terrible y envuelva en escarlata, se alzaba la imagen de su pecado. Cuando lord Henry se presentó a las seis en punto, lo encontró llorando como alguien a quien está a punto de rompérsele el corazón.