El Retrato de Dorian Gray

El Retrato de Dorian Gray

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Entró sin hacer el menor ruido, volviendo a cerrar la puerta con llave, como tenía por costumbre, y retiró la tela morada que cubría el cuadro. Un grito de dolor e indignación se le escapó de los labios. No se notaba cambio alguno, con la excepción de un brillo de astucia en la mirada y en la boca las arrugas sinuosas de la hipocresía. El lienzo seguía siendo tan odioso como siempre, más, si es que eso era posible; y el rocío escarlata que le manchaba la mano parecía más brillante, con más aspecto de sangre recién derramada. Dorian Gray empezó entonces a temblar. ¿Le había empujado únicamente la vanidad a llevar a cabo su única obra buena? ¿O había sido el deseo de una nueva sensación, como apuntara lord Henry, con su risa burlona? ¿O tal vez el deseo apasionado de representar un papel que nos empuja a hacer cosas mejores de lo que nos corresponde por naturaleza? ¿O, quizá, todo aquello al mismo tiempo? Pero ¿por qué era más grande la mancha roja? Parecía haberse extendido como una horrible enfermedad sobre los dedos cubiertos de arrugas. Había sangre en los pies pintados, como si aquella cosa hubiera goteado…, sangre incluso en la mano que no había empuñado el cuchillo. ¿Una confesión? ¿Quería aquello decir que iba a confesar su crimen? ¿Que iba a entregarse para que lo ejecutaran? Se echó a reír. La idea le pareció monstruosa. Además, aunque confesara, ¿quién iba a creerlo? No había en ninguna parte resto alguno del pintor asesinado. Todas sus pertenencias habían sido destruidas. Él mismo había quemado maletín y abrigo. El mundo diría simplemente que estaba loco. Lo encerrarían en un manicomio si se empeñaba en repetir la misma historia… Sin embargo, era obligación suya confesar, soportar públicamente la vergüenza y expiar la culpa de manera igualmente pública. Había un Dios que exigía a los seres humanos confesar sus pecados en la tierra así como en el cielo. Nada de lo que hiciera le purificaría si no confesaba su pecado. ¿Su pecado? Se encogió de hombros. La muerte de Basil Hallward le parecía muy poca cosa. Pensaba en Hetty Merton. Porque aquel espejo de su alma que estaba contemplando era un espejo injusto. ¿Vanidad? ¿Curiosidad? ¿Hipocresía? ¿No había habido más que eso en su renuncia? Había habido algo más. Al menos así lo creía él. Pero ¿cómo saberlo…? No. No hubo nada más. Sólo renunció a la muchacha por vanidad. La hipocresía le había llevado a colocarse la máscara de la bondad. Había ensayado la abnegación por curiosidad. Ahora lo reconocía.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker