El Retrato de Dorian Gray
El Retrato de Dorian Gray —¡Qué feliz soy, madre! —susurró la muchacha, escondiendo el rostro en el regazo de la marchita mujer, de aspecto cansado, que, vuelta de espaldas a la luz demasiado estridente de la ventana, estaba sentada en el único sillón que contenÃa su sórdida sala de estar—. Soy muy feliz —repitió—, ¡y tú también debes serlo!
La señora Vane hizo una mueca de dolor y puso las delgadas manos, con la blancura de los afeites, sobre la cabeza de su hija.
—¡Feliz! —repitió como un eco—. Sólo soy feliz cuando te veo actuar. Sólo debes pensar en tu carrera. El señor Isaacs ha sido muy bueno con nosotras, y le debemos dinero.
La muchacha alzó la cabeza e hizo un puchero.
—¿Dinero, madre? —exclamó—, ¿qué importancia tiene el dinero? El amor es más que el dinero.
—El señor Isaacs nos ha adelantado cincuenta libras para pagar nuestras deudas, y para vestir a James como es debido. No debes olvidarlo, Sibyl. Cincuenta libras es mucho. El señor Isaacs ha tenido muchas consideraciones con nosotras.
—No es un caballero, madre, y me desagrada mucho la manera que tiene de hablarme —dijo la muchacha, poniéndose en pie y acercándose a la ventana.
