El secreto de la vida
El secreto de la vida Por último, permítame decirle lo siguiente: ha reproducido usted, en forma periodística, la comedia Mucho ruido y pocas nueces, y, como era de esperar, la ha echado usted a perder. Los pobres lectores, al enterarse por una voz tan autorizada como la suya, de que se trata de un libro perverso que debería ser prohibido y censurado por un gobierno conservador, correrán, sin duda, a comprarlo y leerlo. Pero ¡ay!, descubrirán que es una historia con moraleja. Y la moraleja es la siguiente: todo exceso, igual que toda renuncia, lleva aparejado su propio castigo. El pintor Basil Hallward, al adorar, como hacen la mayoría de los pintores, en exceso la belleza física, muere a manos de alguien en cuya alma ha creado una vanidad absurda y monstruosa. Dorian Gray, tras llevar una vida sensual de meros placeres, intenta acallar su conciencia y en ese momento se mata. Lord Henry Wotton pretende asistir a la vida como mero espectador y descubre que quienes se niegan a tomar parte en la batalla sufren peores heridas que quienes participan en ella. Sí, hay una terrible moraleja en Dorian Gray, una moraleja que no sabrán ver los rijosos, pero que se revelará a todos los que lo lean con la mente limpia. ¿Es eso un error artístico? Me temo que sí. Es el único error en todo el libro.
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Al director de la St. James’s Gazette
27 de junio 1890 16 Tite Street