El secreto de la vida

El secreto de la vida

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El autor del artículo sugiere a continuación que, al igual que el conde Tolstói, ese gran y noble artista, disfruto escribiendo sobre un asunto solo porque es peligroso. A propósito de semejante sugerencia solo cabe decir una cosa y es que el arte romántico trata de la excepción y de lo individual. Las buenas personas forman parte del tipo normal, y por tanto vulgar, por lo que carecen de interés artístico. Los malvados constituyen, desde el punto de vista del arte, un fascinante objeto de estudio. Representan el colorido, la variedad y lo extraño. Las buenas personas exasperan a la razón, los malvados estimulan la imaginación. Su crítico, suponiendo que sea merecedor de un título tan honorable, afirma que los personajes de mi historia no tienen correlato en la vida real, y que son, por utilizar su frase enérgica, aunque también algo vulgar, «meras revelaciones baratas de lo inexistente». Nada más cierto. Si existieran no valdría la pena escribir sobre ellos. La función del artista es inventar, no levantar acta. No hay gente así. Si la hubiera, no escribiría sobre ellos. La vida, con su realismo, siempre estropea el asunto del arte. El placer supremo de la literatura es hacer realidad lo inexistente.





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