El secreto de la vida
El secreto de la vida A continuación manifiesta usted su sorpresa de que un «caballero literario tan experimentado» como yo imagine que el crítico pueda actuar movido por malevolencia personal. Lo de «caballero literario» es una vileza, pero dejémoslo estar. Estoy dispuesto a aceptar que su colaborador se limitó a criticar una obra de arte como mejor sabía; pero me siento en mi derecho de haberme formado de él la opinión antes citada. Su artículo empezaba con un grosero ataque contra mi persona. No cabe ninguna excusa que no sea la inquina personal, y usted, señor, no debería haberlo permitido. A los críticos hay que enseñarles a criticar una obra de arte sin hacer la menor alusión a la personalidad del autor. Ese, de hecho, es el principio fundamental de la crítica. En cualquier caso, no fue solo su ataque personal lo que me hizo pensar que actuaba movido por la inquina. Lo que realmente me confirmó mi primera impresión fue su insistencia en que mi libro era tedioso y aburrido. Si tuviese que criticar mi propio libro, cosa que estoy tentado de hacer, creo que consideraría mi deber señalar que en él se abusa de los incidentes extraordinarios y que su estilo es demasiado paradójico, al menos en lo que se refiere a los diálogos. Creo que, desde el punto de vista artístico, son los dos defectos del libro. Pero tedioso y aburrido no es. Su crítico ha defendido su inocencia de los cargos de malevolencia personal, y su negativa y la de usted son suficientes en eso, pero él lo ha hecho mediante el reconocimiento tácito de que carece de instinto crítico acerca de la literatura y la labor literaria, lo que, tratándose de alguien que se gana la vida escribiendo sobre literatura, es obviamente un defecto mucho peor que cualquier tipo de inquina.