El secreto de la vida

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Por eso, mi querido Ernest, ese tipo de cuadros no fascinarán verdaderamente al crítico. Se apartará de ellos para fijarse en obras que le hagan pensar y soñar y se encaprichará de aquellas que posean la sutil cualidad de la sugerencia y parezcan decirle que incluso de ellas es posible escapar a un mundo más vasto. A veces se afirma que la tragedia de la vida del artista es que no puede hacer realidad su ideal. Pero la verdadera tragedia que extravía los pasos del artista es que su ideal se haga realidad de manera demasiado absoluta. Pues, al hacer realidad el ideal, se le despoja de su asombro y de su misterio, y pasa a ser un mero punto de partida para otro ideal diferente. Por eso la música es el arte perfecto, porque jamás puede revelar su secreto. Y esa es también la explicación del valor de las limitaciones en el arte. El escultor renuncia alegremente al color imitativo, y el pintor a las verdaderas dimensiones de la forma, porque así evitan una representación demasiado definida de lo real y caer en la mera imitación, y en una realización demasiado definida del ideal, que sería puramente intelectual. El arte se completa en la belleza precisamente porque es incompleto y se dirige no a la capacidad de reconocimiento ni a la facultad de la razón, sino solo al sentido estético, que, aunque acepta a ambas cosas como fases de la aprehensión, las subordina a la pura impresión sintética de la obra de arte como un todo, toma cualquier elemento emocional ajeno a ella que pueda poseer y aprovecha su propia complejidad como medio para añadir una unidad más variada a la impresión definitiva. Entenderás ahora por qué el crítico estético rechaza las formas más evidentes de arte, que solo tienen una cosa que decir y que, una vez dicha, se quedan mudos y estériles, y busca otras formas que sugieran ensoñaciones y estados de ánimo, cuya belleza imaginativa haga ciertas todas las interpretaciones e impida que ninguna sea definitiva. Sin duda, la obra creativa del crítico guardará algún parecido con la obra que le ha inspirado, aunque no como el que se da entre la naturaleza y el espejo que supuestamente le ofrece el pintor de paisajes o personas, sino el que vemos entre la naturaleza y la obra del artista decorativo. Igual que en las alfombras persas no hay una sola flor pero nos parece ver tulipanes y rosas floridas aunque no estén reproducidas con líneas visibles; igual que vemos un eco de la perla y la púrpura de la concha marina en la iglesia de San Marcos en Venecia; igual que el techo abovedado de la maravillosa capilla de Rávena resplandece con el oro, el verde y el zafiro de la cola del pavo real, aunque los pájaros de Juno no vuelen en ella; el crítico reproduce la obra que critica de un modo que nunca es imitativo, su encanto radica en parte en esa renuncia al parecido, nos muestra así no solo el significado, sino también el misterio de la belleza y, al transformar todas las artes en literatura, resuelve de una vez para siempre el problema de la unidad del arte.


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