El secreto de la vida

El secreto de la vida

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A veces, quienes no entienden la naturaleza de la crítica más elevada ni el encanto del arte superior afirman que los cuadros sobre los que prefiere escribir el crítico son los pertenecientes al anecdotario de la pintura, que reproducen escenas tomadas de la literatura o de la historia. Pero no es así. De hecho, esos cuadros son demasiado inteligibles. Podemos incluirlos en el mismo género que las ilustraciones y fracasan incluso desde ese punto de vista, pues en lugar de despertar la imaginación le ponen límites bien definidos. Y es que, como he dicho antes, el dominio del pintor y el del poeta son diferentes. A este último le corresponde la vida en su absoluta totalidad; no solo la que se ve, sino la que se oye; no solo la gracia momentánea de la forma o la alegría transitoria del color, sino toda la esfera del sentimiento, el ciclo perfecto del pensamiento. El pintor está tan limitado que solo a través de la máscara del cuerpo puede mostrarnos el misterio del alma; solo mediante las imágenes convencionales puede tratar las ideas; solo a través de sus equivalentes físicos puede abordar la psicología. ¡Y con qué torpeza nos pide que tomemos el turbante rasgado del moro por la noble cólera de Otelo, o a un viejo decrépito en plena tormenta por la terrible locura de Lear! Sin embargo, da la impresión de que nada puede detenerle. Nuestros pintores ingleses más ancianos dilapidan su malévola existencia predicando la supremacía de los poetas, echando a perder sus cuadros con un tratamiento torpe y esforzándose por reproducir, con el medio visible del color, la maravilla de lo invisible, el esplendor de lo que no se ve. La consecuencia es que sus cuadros son insufriblemente aburridos. Han degradado las artes invisibles hasta hacerlas obvias, y lo obvio carece por completo de interés. No digo que el poeta y el pintor no puedan tratar el mismo asunto. Siempre lo han hecho y siempre lo harán. Pero, así como el poeta puede optar entre ser pictórico o no serlo, al pintor no le queda otro remedio porque está limitado, no por lo que ve en la naturaleza, sino por lo que puede mostrarse en un lienzo.


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