El secreto de la vida
El secreto de la vida Y eso no es todo. Es la crÃtica la que, al comprender que ninguna situación es definitiva y al negarse a dejarse atar por los shibboleths de cualquier secta o escuela, crea ese sereno temperamento filosófico que ama a la verdad por sà misma y tanto más porque sabe que es inalcanzable. ¡Qué raro es dicho temperamento en Inglaterra y cuánta falta nos hace! El espÃritu inglés siempre está airado. El intelecto de la raza se desperdicia en sórdidas y estúpidas disputas entre polÃticos de segunda o teólogos de tercera. El honor de mostrarnos el ejemplo supremo de esa «dulce sensatez» de la que habló tan sabiamente Arnold estaba reservado para un hombre de ciencia, pero ¡ay!, con qué escaso resultado. El autor de El origen de las especies tenÃa al menos fuste filosófico. Si uno considera los vulgares púlpitos y tribunas de Inglaterra no puede sino sentir el desprecio de Juliano o la indiferencia de Montaigne. Estamos dominados por fanáticos cuyo peor vicio es su falta de sinceridad. Cualquier cosa que se refiera al libre ejercicio del espÃritu es prácticamente desconocida entre nosotros. La gente clama contra los pecadores, pero no son ellos sino los estúpidos quienes nos avergüenzan. No hay otro pecado que la estupidez.
ERNEST: ¡Ah! ¡Menudo antinómico estás hecho!