El secreto de la vida

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No: las emociones no nos harán cosmopolitas, igual que tampoco puede hacerlo la codicia de la ganancia. Solo el cultivo de la crítica intelectual nos permitirá elevarnos por encima de los prejuicios raciales. Goethe, y no me malinterpretes, fue más alemán que ningún otro alemán. Amaba a su país como nadie puede amarlo. Apreciaba a su pueblo y lo guio. Sin embargo, cuando la férrea pezuña de Napoleón pisoteó los viñedos y los campos de trigo, sus labios guardaron silencio. «¿Cómo se pueden escribir canciones de odio sin odiar? —le dijo a Eckermann— ¿y cómo iba yo, para quien solo la barbarie y la cultura tienen importancia, a odiar a una nación que es una de las más cultas de la Tierra y a la que debo gran parte de mi propia cultura?» En mi opinión, esa nota, que Goethe hizo sonar por primera vez en el mundo, se convertirá en el punto de partida para el cosmopolitismo del futuro. La crítica acabará con los prejuicios raciales e insistirá en la unidad del intelecto humano en toda la variedad de sus formas. Cuando tengamos la tentación de combatir a otra nación, nos recordará que estamos intentando destruir un elemento de nuestra propia cultura, y posiblemente el más importante. Mientras la guerra se considere mala, seguirá siendo fascinante. Cuando se la considere vulgar, dejará de ser popular. El cambio, por supuesto, será lento y la gente no se dará cuenta. No dirán: «No combatiremos contra Francia porque su prosa es perfecta», sino que, debido a la perfección de su prosa, dejarán de odiar a ese país. La crítica intelectual unirá a Europa con unos vínculos mucho más íntimos que los que puedan forjar el tendero o el sentimental. Nos proporcionará la paz que emana de la comprensión.


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