El secreto de la vida

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Una vez más, es la crítica la que hace que la cultura sea posible. Toma el voluminoso bulto de la labor creadora y la destila en una esencia más bella. ¿Qué interesado en conservar el sentido de la forma desearía abrirse paso entre la monstruosa multitud de libros que ha producido el mundo, libros en los que el pensamiento balbucea y se pavonea la ignorancia? El hilo que debe guiarnos por el fatigoso laberinto está en manos de la crítica. Es más, allí donde no hay archivos, donde la historia se ha perdido o no ha llegado a escribirse, la crítica puede recrear el pasado a partir del más minúsculo fragmento de arte o de lenguaje con tanta seguridad como el hombre de ciencia recrea, a partir de un huesecillo o de la huella de una pisada en una roca, al dragón alado o al titánico lagarto que una vez estremeció la tierra con sus pisadas, obliga a Behemoth a salir de su cueva y hace que Leviatán nade en los mares espantados. La historia prehistórica concierne al crítico filológico y arqueológico. Es a él a quien se revelan los orígenes de las cosas. Los sedimentos conscientes de una época casi siempre son engañosos. Gracias a la crítica filológica sabemos más de los siglos de los que no se ha conservado ningún registro, que de los que nos han dejado sus rollos de pergamino. Puede hacer algo que no está al alcance de la física ni de la metafísica, como proporcionarnos la ciencia exacta de la inteligencia en los progresos de su desarrollo. Y puede hacer algo imposible para la historia, como decirnos lo que pensaba la gente antes de aprender a escribir. Me has preguntado por la influencia de la crítica. Creo haber respondido ya, pero falta por decir una cosa: es la crítica la que nos hace cosmopolitas. La escuela de Manchester intentó llevar a la práctica la hermandad universal señalándole a la gente las ventajas comerciales de la paz. Buscó degradar la maravilla del mundo convirtiéndolo en un vulgar mercado de vendedores y compradores. Apeló a los más bajos instintos y fracasó. Siguió habiendo guerras, y el credo de los mercaderes no impidió que Francia y Alemania se enfrentaran en una sangrienta batalla. Hay otros en nuestros días que intentan apelar a las simpatías meramente emocionales, o a los dogmas superficiales de un vago sistema de ética abstracta. Tienen sus sociedades para la paz, tan apreciadas por los sentimentales, y sus propuestas para los comités de desarme internacionales, tan populares entre quienes no han estudiado historia. Pero las meras simpatías emocionales no son suficientes. Son demasiado variables y están demasiado relacionadas con las pasiones, y un comité para el bien común de la raza que no pueda ejercer la fuerza para poner en práctica sus decisiones, nunca será de gran ayuda. Solo hay una cosa peor que la injusticia y es la justicia sin su espada en la mano. Cuando el bien no tiene el poder, es el mal.


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