El secreto de la vida
El secreto de la vida Supongo que algunos de ustedes habrán oído hablar de dos flores relacionadas con el movimiento estético en Inglaterra, y de las que se dice (les aseguro que equivocadamente) que son el alimento de algunos jóvenes estetas. Pues bien, permítanme aclararles que el motivo por el que nos gustan los lirios y los girasoles, a pesar de lo que pueda decir el señor Gilbert, no es ninguna moda por el vegetarianismo. Sino que esas dos flores tan encantadoras son en Inglaterra los dos modelos de diseño más perfectos, y los más adaptados naturalmente al arte decorativo: la belleza alegre y leonina de la una y la preciosa delicadeza de la otra procuran al artista una alegría total y absoluta. Hagan ustedes lo mismo, que no haya flor en sus prados cuyos zarcillos no engalanen sus almohadas, ni hoja en sus bosques titánicos que no preste su forma al diseño, ni ramillete de escaramujo o rosas silvestres que no viva eternamente en un arco tallado, en una ventana o en una cornisa de mármol, y que no haya pájaro en el aire que no preste el portento iridiscente de su color y la exquisita curva de sus alas en vuelo para hacer más primorosa la delicadeza de un sencillo adorno.
Todos pasamos nuestra existencia buscando el secreto de la vida. Pues bien, el secreto de la vida está en el arte.