La Decadencia de la mentira

La Decadencia de la mentira

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Vivian.— ¡Ah, Meredith! ¿Quién puede definirle? Su estilo es el caos iluminado por fulgores de relámpago. Como escritor lo ha dominado todo menos el lenguaje; como novelista sabe hacerlo todo menos contar una historia; como artista lo único que le falta es saber expresarse. Hay alguien en Shakespeare, creo que Touchstone, que habla del hombre que siempre se está desollando las espinillas contra su propio ingenio[12], y me parece que esa podría ser la base para una crítica del método de Meredith. Ahora bien, será lo que sea, pero realista no es. O mejor diría yo que es un hijo del realismo que no se habla con su padre. Por elección deliberada se ha afiliado al romanticismo. Se ha negado a doblar la rodilla ante Baal, pero también es cierto que, aunque su noble espíritu no se revolviera contra los ruidosos asertos del realismo, su solo estilo sería más que suficiente para mantener la realidad a una distancia de respeto. Por ese procedimiento ha plantado en torno a su jardín un seto lleno de espinas y rojo de rosas prodigiosas. En cuanto a Balzac, posee la más notable combinación del temperamento artístico con el espíritu científico. Lo segundo se lo legó a sus discípulos. Lo primero era privativo de él. La diferencia entre un libro como La taberna del señor Zola y las Ilusiones perdidas de Balzac es la diferencia entre el realismo sin imaginación y la realidad imaginativa. «Todos los personajes de Balzac», dijo Baudelaire, «están dotados del mismo ardor de vida que latía en él. Todas sus ficciones tienen el vivo colorido de los sueños. Cada mente es un arma cargada de voluntad hasta la boca. Hasta los marmitones son geniales». La frecuentación de Balzac reduce a nuestros amigos vivos a sombras, y a nuestros conocidos a sombras de sombras. Sus personajes poseen una existencia como de llama ardiente. Nos dominan y desafían al escepticismo. Una de las mayores tragedias de mi vida es la muerte de Lucien de Rubempré[13]. Es un dolor del que jamás he podido liberarme. Me persigue en los momentos de placer. Lo recuerdo cuando me río. Pero Balzac tiene tan poco de realista como Holbein. Él creaba la vida, no la copiaba. Admito, sin embargo, que dio demasiado valor a la modernidad de la forma, y que, por consiguiente, no hay un solo libro suyo que, en cuanto obra maestra artística, se pueda comparar con Salammbó o Esmond, o El claustro y el hogar, o El vizconde de Bragelonne[14].


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