La Decadencia de la mentira
La Decadencia de la mentira Vivian.— SÃ, quizá sea un poco crÃptico. Lo que quiero decir es esto. Si por Naturaleza entendemos el simple instinto natural, como lo contrario de la cultura consciente, la obra producida bajo esa influencia será siempre anticuada, trasnochada y desfasada. Un toque de Naturaleza podrá hermanar el mundo[16], pero dos toques de Naturaleza destruyen cualquier obra del Arte. Si, por otra parte, consideramos la Naturaleza como la suma de los fenómenos exteriores al hombre, lo único que se descubrirá en ella será lo que se le lleve. Ella carece de ideas propias. Wordsworth fue a los lagos, pero no fue nunca un poeta de los lagos. Los sermones que encontró en las piedras eran los que antes habÃa escondido en ellas. Recorrió el distrito moralizando, pero su obra buena brotó de su regreso no a la Naturaleza sino a la poesÃa. La poesÃa le dio «Laodamia» y los sonetos excelentes, y la gran Oda tal cual. La Naturaleza le dio «Martha Ray» y «Peter Bell» y el discurso a la pala del señor Wilkinson[17].
Cyril.— Creo que esa tesis es discutible. Yo más bien me inclino a creer en «el impulso de un bosque en primavera[18]», aunque claro está que el valor artÃstico de tal impulso depende por entero de la clase de temperamento que lo reciba, con lo que el retorno a la Naturaleza vendrÃa a significar sencillamente el avance hacia una gran personalidad. Estarás de acuerdo en eso, me figuro. Pero sigue con tu artÃculo.