La Decadencia de la mentira

La Decadencia de la mentira

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Vivian.— ¡Es que la Naturaleza es tan incómoda! La hierba está dura y húmeda, llena de bultos y de horribles insectos negros. Hasta el más mísero obrero de Morris[1] sabría hacerte un asiento más cómodo que el que es capaz de hacer la Naturaleza en pleno. La Naturaleza palidece ante el mobiliario de «la calle que de Oxford tomó el nombre», como expresó vilmente ese poeta que tanto te gusta. No me quejo. Si la Naturaleza hubiera sido cómoda, la humanidad no habría inventado la arquitectura, y yo prefiero las casas antes que la intemperie. En las casas nos sentimos proporcionados. Todo se subordina a nosotros, todo está hecho para nuestra utilidad y nuestra satisfacción. Hasta el egotismo, tan necesario para una idea cabal de la dignidad humana, es enteramente resultado de vivir bajo techo. A la intemperie uno se vuelve abstracto e impersonal. Su individualidad le abandona. ¡Además, la Naturaleza es tan indiferente, tan desdeñosa! Yo, cada vez que doy una vuelta por ese parque, siento que no le importo más que el ganado que se apacienta en la ladera o la bardana que florece en la cuneta. Nada más palpable que el odio de la Naturaleza a la Mente. Pensar es la cosa más insana del mundo, y hay gente que se muere de eso como de cualquier otra enfermedad. Afortunadamente, en Inglaterra al menos el pensamiento no es contagioso. La espléndida constitución de este pueblo se debe enteramente a la estupidez nacional. Yo espero que sepamos conservar por muchos años ese gran bastión histórico de nuestra felicidad, pero temo que estemos empezando a instruirnos en exceso; por lo menos, todo el que es incapaz de aprender se ha puesto a enseñar, y en eso consiste realmente nuestro fervor educativo. Pero tú ahora vuélvete a tu insulsa e incómoda Naturaleza, y a mí déjame que corrija estas pruebas.


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