La Decadencia de la mentira
La Decadencia de la mentira Vivian.— Te aseguro que no. No se elevan más allá de la tergiversación, e incluso se rebajan a demostrar, discutir y argumentar. ¡Qué lejos de lo que es el verdadero mentiroso, con sus afirmaciones francas e intrépidas, su soberbia irresponsabilidad, su sano y natural desprecio de toda clase de pruebas! En el fondo, una buena mentira ¿qué es? Sencillamente la que constituye su propia prueba. Si uno es tan falto de imaginación como para aducir pruebas en apoyo de una mentira, tanto da que diga la verdad sin rodeos. No, los políticos no sirven. Algo se podría decir, quizá, de la abogacía. El manto del Sofista se ha tendido sobre sus miembros. Sus fingidas vehemencias, su retórica irreal son deliciosas. Saben hacer pasar por mejor la causa peor, como si acabaran de salir de las escuelas leontinas[3], y se les ha visto arrancar de jurados remisos el veredicto triunfal de la absolución para sus clientes aunque estos fueran, como a menudo son, clara e inequívocamente inocentes. Pero se instruyen en lo prosaico y no les da vergüenza aducir precedentes. A pesar de sus esfuerzos, la verdad acaba por brillar. Hasta los periódicos han degenerado. Ahora son absolutamente de fiar. Se nota cuando uno se sumerge en sus columnas. Siempre lo soporífero es lo que sucede. Temo que no haya mucho bueno que decir ni del abogado ni del periodista. Aparte de que lo que yo defiendo es la Mentira en el arte. ¿Te leo lo que he escrito? Podría hacerte mucho bien.