Poemas en prosa

Poemas en prosa

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Y cuando estuvo solo, se levantó, y volvió su rostro hacia la luna, y viajó durante siete lunas, no hablando a ningún hombre ni contestando ninguna pregunta. Y cuando la séptima luna estuvo en su menguante, llegó a ese desierto que es el desierto del Gran Río. Y encontrando vacía una caverna, que en otro tiempo habitara un Centauro, la tomó por morada, y se trenzó una estera de juncos para acostarse, y se hizo eremita. Y a todas horas el Ermitaño loaba a Dios, que había permitido guardase algún conocimiento de Él y de Su grandeza. Y una tarde, estando sentado el Ermitaño ante la caverna que había elegido por morada, distinguió a un joven de rostro perverso y hermoso que pasaba en sencillo atavío y vacías las manos. Todas las tardes pasaba el joven, vacías las manos, y todas las mañanas volvía, las manos llenas de púrpura y de perlas. Pues era un ladrón y robaba las caravanas de los mercaderes.

Y el Ermitaño le miró y tuvo compasión de él. Pero no le dijo una palabra. Porque sabía que el que dice una palabra pierde su fe.

Y, una mañana, el joven, que volvía con las manos llenas de púrpura y de perlas, se detuvo y frunció el entrecejo y golpeó con el pie en la arena y dijo al Ermitaño:


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