Salome
Salome —Tu pelo es hediondo. Está áspero de polvo y desaseo. Es como una corona de espinas puesta en tu cabeza. Es como una serpiente enroscada a tu cuello. No me gusta tu pelo. (Con tono muy apasionado) Lo que me seduce es tu boca. Tu boca es como una banderola escarlata izada en una torre de marfil. Es como una granada, partida con cuchillito de plata. Las flores del granado en los jardines de Tiro, más encendidas que rosas, no son tan encarnadas. Las bermejas fanfarrias de los clarines que anuncian la llegada de los reyes y cuyos sones hacen temblar al enemigo, no son tan rojas como tu roja boca. Tu boca es más bermeja que las plantas de los hombres que vendimian el mosto en los lagares. Más encarnada es que las patitas de los palomos, que anidan en el templo al cuidado de los sacerdotes. Más roja que el que torna de la selva, de matar leones y luchar con tigres dorados. Tu boca es como un ramo de coral en la penumbra de los mares que el pescador saca de lo hondo y guarda para el potentado; como la púrpura en las minas de Moab, la púrpura de los reyes. Es como el arco del rey de Persia, pintado de rojo y adornado con cuernos de coral. (Enajenada) Nada en el mundo es tan rojo como tu boca. Déjame que te la bese.
JOKANAAN (Quedo, con un calofrÃo):
—Nunca, hija de Babilonia, hija de Sodoma… Nunca.
SALOMÉ: