Teleny
Teleny Durante todo este tiempo, sus pensamientos se concentraban en mÃ; la estrechez del conducto que recorrÃa su pene, unido al cosquilleo de los labios vaginales, le procuraba una sensación que, redoblando su vigor, imprimÃa a su instrumento violentas sacudidas, traspasando por entero la delicada criatura que tenÃa debajo de sÃ. Finalmente, las puertas de los conductos seminales se abrieron y el chorro penetró hasta las últimas profundidades.
¡Momento de delicia indecible! Los músculos vaginales, contraÃdos, lo estrechaban, lo succionaban, lo vaciaban. Luego, y en medio de una convulsión espasmódica, cayeron una al lado del otro, inertes y estrechamente enlazados.
—¡Y asà termina la epÃstola!
—No del todo, porque nueve meses más tarde la condesa trajo al mundo un magnÃfico niño…
—Que naturalmente, se parecÃa a su padre. ¿Acaso no se parecen los niños siempre a su padre?
—No. Éste resultó que no se parecÃa a su padre ni a Teleny.
—¿A quién diablos se parecÃa entonces?
—¡A mÃ!
—¡A usted! ¡Vaya una broma!