Teleny
Teleny Esto no tenÃa nada de anormal. Caminaban del brazo hacia la casa del artista.
Yo los seguÃa de lejos. Y, si celoso habÃa estado de la condesa, lo estaba ahora dos veces de Bryancourt. Si Teleny —me decÃa— pasa cada noche con un amante distinto, ¿por qué me aseguró que su corazón suspiraba por mÃ?
En el fondo de mi corazón, yo estaba seguro de que era a mà a quien amaba, y de que sus otros amores no eran más que caprichos, que mientras lo demás amores no eran sino meras satisfacciones de los sentidos, lo que sentÃa hacia mà era verdadero amor, amor profundo.
Llegados a la puerta de Teleny, ambos amigos se pusieron a charlar, sin entrar a la casa.
La calle estaba desierta. Sólo algunos paseantes retrasados se apuraban por llegar a sus casas. Camuflado en la esquina de la calle, no perdà ni uno solo de los movimientos de los dos conversadores.
Por un momento, llegué a creer que se separarÃan sin más porque veÃa a Bryancourt tender la mano y tomar la de Teleny. Me sentÃa feliz. Después de todo —me dije— he juzgado mal a Bryancourt; ¿por qué imaginarse que todos los hombres y todas las mujeres habrÃan de enamorarse de ese pianista?