Teleny

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Con una nota sobreaguda, el artista dio fin a su actuación, en medio de los aplausos de la sala. Yo sólo pude sentir como un tronido de relámpagos, al tiempo que en medio de una furiosa vorágine, una lluvia de rubíes y de esmeraldas empezaba a derramarse sobre las Ciudades de la llanura: él, el pianista, se hallaba desnudo, lívido, en medio, desafiando a los rayos del Cielo y las llamas del Infierno. De repente, en medio de mi visión insensata, lo vi tomar las formas de Anubis, el dios egipcio de cabeza de chacal, para poco a poco ir transformándose en un repugnante cuadrúpedo. Semejante visión me sobresaltó y me eché a temblar, presa de la náusea, mientras él, de manera igualmente brusca, volvía a recobrar su verdadera figura.

Incapacitado para aplaudir en tales condiciones, me dejé caer en mi asiento, mudo, inmóvil, tembloroso, aniquilado, con los ojos fijos en la figura del artista, quien, de pie en medio del escenario, respondía a las aclamaciones del público con saludos distraídos, casi desdeñosos, pareciendo buscar de tanto en tanto, con las miradas cargadas de una ardiente ternura, mis propios ojos, los míos sólo. ¿Cómo podría describirle mi alegría? ¿Era posible que entre toda aquella multitud me hubiera escogido a mí solo, que me amara?

Esta alegría pronto dejó paso a la amargura de los celos. Me preguntaba si no me habría vuelto tal vez loco.


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