Teleny
Teleny —SÃ, desde que conozco a Ahmed, he podido hacerme una idea exacta de la fisonomÃa del Salvador. A vosotros también os encantarÃa si vieras sus ojos negros, magnéticos, con sus largas pestañas de color azabache.
—¿Nos encantarÃa qué —preguntó Teleny—, Ahmed o Cristo?
—¡Cristo, naturalmente! —dijo Bryancourt, encogiéndose de hombros—. PodrÃais, al verlo, calibrar la influencia que debió tener sobe las masas. Mi sirio no tiene siquiera necesidad de dirigiros la palabra, con sólo levantar los ojos podéis penetrar el fondo de sus pensamientos. Cristo no se desgañitaba para hablar a las muchedumbres. Se limitaba a escribir sobre la arena, para someter el mundo a su ley. Asà que, como acabo de deciros, representaré a Ahmed como el Salvador, y a ti —añadió dirigiéndose a Teleny—, como Juan, el discÃpulo amado, pues la Biblia dice claramente, y repite una y otra vez, que amaba a su discÃpulo favorito.
—¿Y cómo lo pintarÃas?