Teleny
Teleny Enormes vasos de porcelana china dejaban asomar helechos de alto precio, y admirables palmeras indias, recubiertas de plantas colgantes, mientras riquísimas macetas de Sevres cobijaban en su interior flores de las selvas americanas, de aspecto algodonoso, y cactos nilóticos, y, mientras, desde el techo un gran cedazo lleno de pétalos de rosas rojas y rosadas dejaba caer parte de su contenido de tanto en tanto, mezclando su embriagador perfume con el que, en blancas espirales, se elevaba desde los sahumerios y los braseros de incienso.
Los sonidos de esta atmósfera sobrecargada, el murmullo de los suspiros, los gritos de placer y el ruido de los besos, testimonio de una lujuria joven e insaciable, me inflamaban el cerebro. Mi sangre ardía a la vista de aquellas actitudes lascivas que componían enloquecedores priapeos, de aquel refinamiento alimentado por el paroxismo del ludibrio, cuya consecuencia no podía ser otra que el saciamiento, la distensión de todos los músculos y la fatiga física y cerebral de los actores de aquellas escenas, cuyos muslos desnudos se hallaban sembrados de gotas de esperma y de sangre.
Me parecía hallarme perdido en una de esas selvas tropicales en las que todo lo que es bello procura una muerte instantánea, y en las que enormes monstruos reptiles, entrelazados, adoptan la forma de atractivas guirnaldas de flores, o en las que las más bellas corolas, al abrirse, destilan gota a gota un rocío emponzoñado.