Teleny
Teleny Todo en aquella escena parecÃa hecho para complacer a la vista y hacer hervir la sangre. De repente:
—Mira allà —dije a Teleny—, hay también dos mujeres.
—No —respondió Teleny—. Las mujeres nunca son admitidas en nuestras reuniones.
—Pero, mira esa pareja… ese hombre desnudo que hunde su mano entre las piernas de la muchacha que se aprieta contra él.
—Son dos hombres.
—¡Cómo! ¡Y también esa otra de tez brillante y cabellos teñidos de rojo veneciano!
¿No es ésa acaso la vizcondesa de P…?
—SÃ, la Venus de Ille, como habitualmente se le llama, y el vizconde está allÃ, escondido en aquel rincón… ¡La Venus de Ille es un hombre!
Yo me quedé estupefacto. Lo que yo habÃa tomado por una mujer se asemejaba a un bronce soberbio, tan pulido como una de esas estatuillas japonesas, moldeadas en cera, pero coronadas con una cabeza de cocotte parisiense, completamente maquillada y empolvada.