Teleny
Teleny —Lo haré, según tu deseo —me dijo Teleny—, pero estoy convencido de que si nos marchamos ahora lo lamentarás más tarde. Por otra parte, ¿qué es lo que temes?
¿Acaso no estoy yo contigo? Nadie podrá separarnos. Permaneceremos juntos toda la noche, ya que aquà no ocurre como en los bailes normales, a donde los maridos llevan a sus mujeres para dejarlas manosear por el primer desconocido que viene a solicitar un vals. Ten la seguridad de que el espectáculo de estos excesos servirá de estimulante para nuestros propios placeres.
—Entonces, bajemos —dije yo—. Pero ¡un momento! Ese hombre con una túnica gris perla, ¿no es el sirio? Tiene unos hermosos ojos tallados en amatista.
—En efecto, ése es Ahmed Effendi.
—Y ese con quien habla, ¿no es el padre de Bryancourt?
—SÃ, el general asiste a veces, por curiosidad, a las fiestas de su hijo. Vamos, ¿vienes ya?
—Espera un momento… Dime quién es aquel hombre de los ojos ardientes, que semeja la encarnación misma de la lujuria. Es como si detentara algún supremo magisterio en el arte de lo voluptuoso. Su máscara me es conocida, y, sin embargo, no sabrÃa decir dónde lo he visto antes.