Teleny

Teleny

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Después de algunas preguntas, Teleny fue pronto reconocido y su máscara hubo de desaparecer, pero pasó aún un buen rato antes de que alguien pudiera adivinar mi identidad. En el entretanto, yo escrutaba la parte media de los hombres desnudos que me rodeaban, muchos de los cuales tenían un vello tan espeso y extendido que llegaba a cubrirles una parte del vientre y de los muslos. Este espectáculo, totalmente nuevo para mí, me excitaba hasta el punto que a duras penas podía refrenar mis deseos de empuñar aquellos órganos tentadores; de no ser por mi amor a Teleny, creo que no hubiera hecho otra cosa en todo el tiempo.

Un pene, en concreto, el del vizconde, provocaba en mí una profunda admiración. Su tamaño era tal que, de haberlo poseído cierta dama romana, jamás hubiera tenido que recurrir a los asnos. Por esta razón, el vizconde aterrorizaba a todas las prostitutas, y se contaba que en una ocasión, estando en el extranjero, había despanzurrado a una desgraciada, al querer hundir entero su instrumento en la vulva de aquélla; había roto el tabique que separa la vagina del conducto anal de tal modo, que la pobre criatura quedó traspasada.




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