Teleny
Teleny Al oír estas palabras, Teleny dejó caer al suelo el espejo que en aquel momento tenía en sus manos, que quedó partido en mil pedazos.
Ambos, a la vista de los trozos, nos quedamos espantados. ¿No era aquel acaso un mal augurio?
El tiempo pasaba. Teleny tomó la maleta y ambos bajamos a la calle.
Lo acompañé hasta la estación y, al bajar del coche, lo estreché entre mis brazos. Nuestros labios se unieron en un largo y último beso, lleno de afectuosa ternura, y no de lujuria.
Al separarme de él, tuve la impresión de quedarme sin alma. Mi amor era como la túnica de Neso, y separarme de ella era como arrancarme un trozo de carne. Toda mi alegría se iba con él. Lo seguí un trecho con la mirada, mientras él se alejaba a paso ligero, con su habitual gracia felina. A la puerta del vagón, se volvió por última vez, y pude notar su palidez mortal, y sus rasgos descompuestos, que le daban un aspecto de verdadero suicida.
Haciendo un último gesto de adiós, desapareció.
El sol, para mí, acababa de apagarse. La noche se extendía por el mundo. Lleno de temores, me pregunté temblando qué calamidad escondían tan tupidas tinieblas.