Teleny
Teleny La evidente angustia de su rostro me había alarmado. Me di entonces cuenta de cuán locos estábamos para infligirnos así, sin necesidad alguna, semejantes pesadumbres, y me precipité fuera del coche de alquiler en que volvía a mi casa, para suplicarle que se quedara. Pero ya era demasiado tarde, y el tren trepitaba ya, llevándose a Teleny.
No me quedaba otra salida que escribir a mi amigo, pidiéndole perdón por haber hecho lo que con tanta frecuencia me había prohibido hacer, es decir, haber dado orden a mi agente de reunir todas las facturas que obraban a su nombre, para hacerlas efectivas todas. ¡Ay! Esta carta jamás llegó a su poder, y mi intención se quedó en intención sólo.
Volvía a tomar otro coche y me dirigí hacia mi despacho por las calles populosas de las ciudades.
¡Cuán sórdido y vacío me parecía el mundo!