Teleny
Teleny Por un momento me pareció ver una débil luz filtrarse por las rendijas de las ventanas. «Puro efecto de mi imaginación», pensé yo.
Con todo, agucé la vista. «No, no me equivoco —me dije—, hay luz allí dentro». ¿Habría tal vez vuelto Teleny?
Tal vez había caído en la misma desolación que a mí me atenazaba. La visible angustia impresa en mi rostro podía tal vez haberlo paralizado, impidiéndole incluso tocar, y se había vuelto. Podía ser, incluso, que el concierto se hubiera aplazado.
Pero, ¿y si Teleny me había engañado?
La idea me parecía absurda. ¿Podía yo acaso sospechar de su infidelidad? Rechacé esta suposición como algo abominable, como una especie de mancha moral. No, todo era posible excepto aquello; yo me guardaba en mi bolsillo la llave de la puerta; al poco tiempo me hallaba ya dentro. Subí la escalera de puntillas, recordando la primera noche que habíamos acompañado a mi amigo, y los besos que nos habíamos prodigado en cada escalón.
Sin él, en ese momento, las tinieblas pesaban sobre mí, envolviéndome y traspasándome el lama.