Teleny
Teleny ¿A dónde debía ir ahora? ¿A mi casa? Me hubiera gustado que mi madre estuviera ya de vuelta. Aquella misma tarde había recibido una carta suya, en la que me informaba que en vez de venir dentro de uno o dos días, como al principio había previsto, había decidido viajar hasta Italia por algún tiempo. Sufría un ligero ataque de bronquitis y temía que la humedad de Londres pudiera complicarlo.
¡Pobre mamá! Su recuerdo me trajo a la cabeza el enfriamiento que nuestras relaciones había sufrido últimamente, a causa de mi relación con Teleny; no porque mi afecto hacia ella fuera menor, sino porque Teleny ocupaba por entero todas mis facultades físicas y mentales. Ahora que Teleny estaba ausente yo sentía una cierta nostalgia de mi madre, y resolví escribirle una carta larga y afectuosa tan pronto como llegara a casa.
Entre tanto, vagaba al azar por las calles vacías. Después de haber dado varias vueltas, me encontré de pronto frente a la casa de Teleny. Mis pasos me habían conducido sin querer ante la casa de mi amigo, y yo contemplaba ahora, casi sin darme cuenta, sus ventanas. ¡Cuán querida me era aquella casa! Hubiera querido besar uno a uno los escalones que él pisaba cada día.
La noche era oscura, y la calle —una calle tranquila— no era precisamente de las mejor iluminadas.