Teleny
Teleny PASÉ la noche en un estado de afiebrada excitación, agitándome sin cesar en la cama, e incapaz de conciliar el sueño; y, cuando al fin pude dormirme, me vi asaltado de sueños lascivos.
En uno de ellos aparecía Teleny, pero no como hombre, sino como mujer, como mi propia hermana. Y, sin embargo, yo no tengo hermanas. En dicho sueño, yo, al igual que Amón, el hijo de David, me hallaba enamorado de mi propia hermana, y tan vergonzoso era mi amor, que caí enfermo, reconociendo el carácter repugnante de mi pasión. Cada noche luchaba yo con todas mis fuerzas contra esta pasión, hasta que una noche, devorado por la lujuria, e incapaz de resistir ya más, penetré en su habitación.
Bajo la luz rosada del crepúsculo, la vi tendida en su lecho. Su carne fina y blanca me hizo temblar de concupiscencia. Hubiera querido ser una bestia de presa, para arrojarme sobre ella y devorar su carne.
Sus largos rizos dorados se esparcían por encima de la almohada. Su camisa de lino, que apenas bastaba para cubrir su desnudez, realzaba el encanto de lo que dejaba ver. Los lazos que la sujetaban por los hombros estaban desatados, y mis ojos ávidos recorrían con lujuria sus rígidos pechos. Sus senos de jovencísima virgen, firmes y salientes como dos montículos, no eran más grandes que una copan de champán, y, como dice el poeta Symonds:
