Teleny
Teleny Sin embargo, jamás llegué a darme cuenta de mi inclinación por los hombres, y por supuesto, menos aún por las mujeres. Lo que sentía era como la convulsión cerebral que brilla en los ojos de quienes padecen un acceso de locura, era un placer bestial, un deseo furioso. El amor, en cambio, era para mí como un tranquilo coqueteo de salón, algo dulce, tierno, estético, totalmente distinto de aquella pasión llena de rabia que me abrasaba.
—Por lo que veo, jamás ha poseído usted a una mujer.
—¡Oh, sí! Varias veces; por casualidad, más que por verdadera elección. Con todo, para la edad que tengo, debo decir que comencé la vida un poco tarde. Mi madre, a pesar de estar considerada como una mujer ligera y entregada al placer, se preocupó más de mi educación de lo que suelen hacerlo esas mujeres llamadas serias, «perfectas», y en realidad prosaicas; porque tenía un gran tacto y mucha experiencia. Jamás he estado en un internado, porque ella sabía bien que los internados son la llave de todos los vicios. ¿Qué pensionista, muchacho o muchacha, no se ha iniciado en el conocimiento de los placeres carnales mediante el tribadismo, el onanismo o la sodomía?