Teleny
Teleny ¡Cómo me hubiera gustado que me hablara, en vez de tontear con mi estúpida criada! Yo me sentía celoso de ella, a pesar de quererla mucho. A veces, el atleta me sentaba en sus rodillas y me acariciaba, pero no muy a menudo. Un día, sin embargo, se hallaba muy excitado, tras haber intentado besarla en vano, y cogiéndome, apretó furiosamente sus labios contra los míos, como devorado por la sed.
Aunque era muy pequeño, creo recordar que el acto me produjo una erección, pues me acuerdo aún de la agitación que me embargó. Aún recuerdo el placer que sentía, frotándome como un gato contra sus piernas, cobijándome entre sus muslos, acariciándolo, manoseándolo, sin que él ¡ay!, me lo impidiera.
Mi mayor placer estaba en ver a los hombres bañándose. Me costaba trabajo no acercarme a ellos; me hubiera gustado acariciarlos y besarlos por todos lados. El día que pude ver a uno de ellos desnudo, la impresión fue superior a mí.
Los penes me producían el mismo efecto, me imagino, que producen a las mujeres temperamentales; la boca se me humedecía, sobre todo si se trataba de un pene de grandes dimensiones, rojo, y con el glande descubierto y carnoso.