Un marido ideal

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LADY CHILTERN . ––¡Oh sí, Robert! Debes hacer eso. Es tu deber hacerlo.

SIR ROBERT CHILTERN. ––Es una renunciación enorme.

LADY CHILTERN . ––No; será enorme victoria. (Sir Robert Chiltern pasea de un lado a otro de la habitación con expresión afligida. Se vuelve hacia su esposa y le pone una mano sobre el hombro.) SIR ROBERT CHILTERN. ––¿Y tú serías feliz viviendo en cualquier parte sola conmigo, quizá en el e xtranjero o en el campo, lejos de Londres, lejos de la vida pública? ¿No lo lamentarías después?

LADY CHILTERN . ––¡Oh! ¡No, Robert!

SIR ROBERT CHILTERN . –– (Tristemente.) ¿Y tus ambiciones para mí? Solías ambicionar grandes cosas para mí.

LADY CHILTERN . ––¡Oh! ¡Mis ambiciones! Ahora no tengo ninguna, excepto que tú y yo nos amemos siempre. Tu ambición fue lo que te perdió. No hablemos más de ambiciones. (Lord Goríng vuelve del invernadero, muy alegre y con una nueva flor en el ojal.) SIR ROBERT CHILTERN . –– (Va hacia él.) Arthur, tengo que darte las gracias por lo que has hecho por mí. No sé cómo podré pagártelo. (Le estrecha la mano.) LORD GORING. ––Querido amigo, te lo diré enseguida. En este momento, bajo la palmera de costumbre... Quiero decir en el invernadero... (Entra Mason.) MASON. ––Lord Caversham.


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