Un marido ideal
Un marido ideal SIR ROBERT CHILTERN. –– (Frunciendo el ceño.) ¡Ah, sÃ! Recuerdo haber oÃdo, cuando murió, que habÃa estado mezclado en todo ese asunto.
MISTRESS CHEVELEY. –– Esa fue su última aventura. Su penúltima, para ser justos.
SIR ROBERT CHILTERN . –– (Levantándose.) Pero no ha visto usted todavÃa mis Corots. Están en el sa-lón de música. Los Corots parecen ir con la música, ¿verdad? ¿Puedo enseñárselos ahora?
MISTRESS CHEVELEY. –– (Moviendo la cabeza) No estoy de humor esta noche para ver plateados amaneceres ni rosadas puestas de sol. Quiero hablar de negocios. (Le hace una señal con su abanico para que se siente junto a ella.)
SIR ROBERT CHILTERN . ––Temo no poder darle ningún consejo, mistress Cheveley, excepto el de que se interese por algo menos peligroso. El éxito del canal depende, desde luego, de la actitud de Inglaterra, y yo voy a exponer el informe de los comisarios en la Cámara mañana por la noche.
MISTRESS CHEVELEY. ––No debe hacer eso. En su propio interés, sir Robert, no ya en el mÃo, no de-be hacer eso.
SIR ROBERT CHILTERN . –– (Mirándola asombrado.) ¿En mi propio interés? Mi querida mistress Cheveley, ¿qué quiere decir? (Se sienta junto a ella.)