Un marido ideal
Un marido ideal LADY CHILTERN. ––Nunca puede ser necesario hacer lo que no es honrado. O si fuera necesario, entonces ¿qué es lo que he amado yo? Pero no es asÃ, Robert; dime que no. ¿Por qué iba a serlo? ¿Qué ibas a ganar? ¿Dinero? ¡No lo necesitamos! Y el dinero que viene de cometer algo deshonesto nos degrada. ¿Poder? El poder no es nada en sà mismo. El poder para hacer el bien es el bello...; ése, ése sólo. ¿Qué es entonces? ¡Robert, dime por qué vas a hacer esa cosa deshonrosa!
SIR ROBERT CHILTERN. ––Gertrude, no tienes derecho a usar esa palabra. Te dije que era una cuestión de compromiso. No es más que eso.
LADY CHILTERN . ––Robert, eso está muy bien para otros hombres, para los hombres que consideran la vida simplemente como una sórdida especulación; pero no para ti, Robert, no para ti. Tú eres diferente.
Toda tu vida has sido algo distinto a los demás. Nunca has permitido que el mundo te manchase. Para el mundo, como para mÃ, has sido siempre un ideal. ¡Oh! Sigue siendo ese ideal. No rechaces esa gran heren-cia... No destruyas esa torre de marfil. Robert, los hombres pueden amar lo que está por debajo de ellos..., las cosas mancilladas, deshonrosas. Las mujeres adoramos al amor, y cuando perdemos el amor, lo perdemos todo. ¡Oh! ¡No mates mi amor por ti! ¡No lo mates!
SIR ROBERT CHILTERN. ––¡Gertrude!