Una Casa de granadas

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—El amor es mejor que la sabiduría, y de más precio que las riquezas, y más hermoso que los pies de las hijas de los hombres. Las llamas no pueden destruirlo ni pueden las aguas apagarlo. Te llamé al alba, y tú no acudiste a mi llamada. La luna oyó tu nombre; sin embargo, tú no me hiciste caso. Pues con maldad te abandoné yo, y para mi propio daño me fui a merodear. No obstante, siempre tu amor permaneció conmigo, y siempre fue fuerte y no prevaleció nada contra él, aunque contemplé el mal y contemplé el bien. Y ahora que has muerto, te digo en verdad que moriré yo también contigo.

Y su alma le suplicó que se fuera, pero él no quiso, ¡tan grande era su amor! Y el mar llegó más cerca, y trató de cubrirle con sus olas, y cuando él supo que el final estaba próximo besó con labios enloquecidos los labios fríos de la sirena, y su corazón se hizo pedazos. Y cuando por la plenitud de su amor se rompió su corazón, encontró el alma una entrada, y entró, y fue una con él igual que antes.

Y el mar cubrió con sus olas al joven pescador.

Y a la mañana siguiente fue el sacerdote a bendecir el mar, pues había estado turbulento. Y con él fueron los monjes, y los músicos, y los que portaban los cirios, y los que hacían oscilar los incensarios, y una gran concurrencia.


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