Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Y cuando el sacerdote llegó a la orilla del mar vio al joven pescador que yacía ahogado en el rompiente de las olas y, estrechado entre sus brazos, el cuerpo de la sirenita. Y retrocedió frunciendo el ceño y, después de hacer la señal de la cruz, gritó con voz sonora y dijo:
—No quiero bendecir el mar ni a nada de lo que hay en él. ¡Malditos sean los que habitan en el mar, y sean malditos los que trafican con ellos! Y en cuanto a aquel que por amor abandonó a Dios y yace aquí con su amada, y a quien el juicio de Dios dio muerte, llevaos su cuerpo y el cuerpo de su amada, y enterradlos en el rincón del Campo de los Bataneros, y no pongáis marca alguna sobre ellos ni señal de ninguna clase; que no sepa nadie el lugar de su descanso, pues fueron malditos en su vida y serán también malditos en su muerte.
E hicieron lo que ordenó; y en el rincón del Campo de los Bataneros, donde no crecen hierbas frescas, cavaron una honda fosa y dejaron en ella los cadáveres.
Y transcurrido el tercer año, y un día que era sagrado, subió el sacerdote a la capilla para mostrar al pueblo las llagas del Señor y hablarle de la ira de Dios.