Una Casa de granadas
Una Casa de granadas Y cuando vestido con los ornamentos sagrados hubo entrado y se hubo prosternado ante el altar, vio que estaba el altar cubierto de extrañas flores que nunca había visto antes. Extrañas eran a la mirada y de extraña belleza, y su belleza le turbó, y su fragancia era dulce a su olfato. Y se sentía alegre, y no comprendía por qué estaba alegre.
Y después de haber abierto el sagrario, e incensado el viril de la custodia que había en él, y mostrado al pueblo la blanca hostia, y de haberla ocultado de nuevo tras el velo de los velos, empezó a hablar al pueblo, deseando hablarles de la ira de Dios. Pero la belleza de las flores blancas le turbaba, y la fragancia era dulce a su olfato; y otra palabra vino a sus labios, y habló, no de la ira de Dios, sino del Dios cuyo nombre es Amor. Y por qué hablaba así, no lo sabía.
Y cuando hubo terminado su homilía lloraba el pueblo; y el sacerdote volvió a la sacristía, y tenía los ojos llenos de lágrimas. Y los diáconos entraron y empezaron a despojarle de sus ornamentos, y le quitaron el alba y el cíngulo, el manípulo y la estola. Y él estaba como quien está en sueños.
Y después de que le hubieron despojado de los ornamentos, les miró y dijo:
—¿Cuáles son las flores que están en el altar, y de dónde vienen?
Y le respondieron: