Una Casa de granadas

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Y se echaron a correr, ¡tanta ansia tenían por el oro! Y uno de ellos corrió más deprisa que su compañero, y le adelantó, y abriéndose paso a través de los sauces salió al otro lado, y ¡qué maravilla!; había de verdad algo que era de oro sobre la nieve blanca. Así que se fue aprisa hacia ello, y agachándose puso las manos encima, y era un manto de tisú de oro, extrañamente tejido con estrellas y doblado en muchos pliegues. Y gritó a su camarada que había encontrado el tesoro que había caído del cielo; y cuando llegó su compañero se sentaron en la nieve y deshicieron los dobleces del manto para repartirse las monedas de oro. Pero ¡ay!, dentro no había oro, ni plata, ni en verdad ningún tesoro de ninguna clase, sino sólo un niño pequeño que estaba dormido.

Y uno de ellos dijo al otro:

—Éste es un amargo final de nuestras esperanzas, y no tenemos buena fortuna, pues ¿de qué provecho es un niño para un hombre? Dejémoslo aquí y sigamos nuestro camino, dado que somos hombres pobres y tenemos hijos propios cuyo pan no podemos dar a otro.

Pero su compañero le replicó:

—No, sería una mala acción dejar al niño perecer aquí en la nieve, y aunque yo soy tan pobre como tú y tengo muchas bocas que alimentar y muy poco en la olla, sin embargo, me lo llevaré a casa conmigo, y mi mujer le cuidará.


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