Una Casa de granadas
Una Casa de granadas —¿,DecÃs eso en esta casa? —dijo el joven rey.
Y pasó delante del obispo y subió las gradas del altar, y permaneció en pie ante la imagen de Cristo. Permaneció en pie ante la imagen de Cristo, y a su mano derecha y a su izquierda estaban los maravillosos vasos de oro, el cáliz con el vino dorado, y el frasco con los sagrados óleos. Se arrodilló ante la imagen de Cristo, y los grandes cirios ardÃan con un vivo resplandor junto al sagrario, cubierto de piedras preciosas, y el humo del incienso se enrollaba en finas volutas azules escalando la bóveda. Inclinó la cabeza en oración, y los sacerdotes con sus rÃgidas capas pluviales se retiraron sigilosamente del altar.
Y, de pronto, llegó desde la calle un tumulto feroz, y entraron los nobles con sus espadas desenvainadas y agitando sus penachos y blandiendo sus escudos de acero bruñido.
—¿,Dónde está el soñador? —gritaron—. ¿Dónde está el rey que se viste de mendigo, ese muchacho que acarrea la vergüenza a nuestro Estado? Le mataremos, ciertamente, pues es indigno de gobernar sobre nosotros.
Y el joven rey inclinó la cabeza de nuevo y oró, y cuando hubo concluido sus plegarias se alzó y, volviéndose, les miró con tristeza.